“Me llamo Delfina” respondió la nena que andaba pidiendo
dinero en una pizzería de la Avenida Corrientes cuando le pregunté su nombre.
Era un sábado al mediodía y estaba almorzando con mi novio. Había muchas mesas,
todas con gente que cumplen un rol ciego en esta sociedad, y de golpe entró
esta nena de manera tímida y silenciosamente como quien anda con miedo por la
vida; vende pañuelitos, vive en la calle,
pasaba por las mesas pero lejos de siquiera sonreírle la gente del local miraba
para otro lado o seguía hablando con sus amigos en un completo acto de
ignorancia. Estaba sucia y cansada, tenía frió porque
en vez de zapatillas usaba sandalias, estaba sola en el medio de la ciudad,
como canta Calamaro, como si fuese la única habitante del mundo y el resto
perteneciente a otro, “¿me puedo tomar
lo que quedó?”, le preguntó al mozo, este de
mala manera le dice que sí, que se tome el poco de Coca que quedaba en el vaso y se vaya. La nena cumplía el pedido
pero yo la estaba viendo, no quería que se vaya, me adelanto al mostrador y le
pregunto desde mi estupidez si tenía hambre, y obvio ¡cómo no iba a tener hambre!, le pido que por favor
me deje comprarle una porción de pizza y la forma en la que se le ilumino la
cara fue inexplicable. “Me llamo Delfina” me dijo, me costó muy poco hablar con
ella porque hablaba con esa inocencia y transparencia con
la que hablan los que no están contaminados, me contó que
tiene 7 años y que vive con su mama en la calle, que va a la escuela pero se le
dificultan algunas materias. Son pocos los días que come. Estaba cansada porque
se había despertado a las 6 de la mañana, está todos los días vendiendo cosas
en la calle, no importa si hace frío o calor, es el lugar en el que le toca
estar. Me contó que no tiene papá y que
hay días en los que la mamá no la deja ir a la escuela y prefiere que salga a vender,
ese día eran pañuelitos pero también
suele repartir estampitas o lo sea que
le den. No fue mucho tiempo, hablamos 20 minutos, en los que (espero) se haya
olvidado aunque sea un poco de sus problemas, “¿Cuándo viene
la pizza?”, me dijo, ahora Delfi, ahora viene.
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