Que Dios y la Patria me lo demanden

   “Es egoísta, falsa, mala persona y ventajera, nunca actúa francamente”, comienza diciendo Juan Carlos, su hijastro.

Me encuentro con Hermiña un viernes a la tarde en un bar, no tengo mucho trato con ella. En la familia no es una persona querida. Vino de Italia a los 12 años, se radico en la localidad de Martínez y años más tarde se mudó a Quilmes que para esa época no era mucho más que un pueblo. Su vida se empezó a dividir entre comenzar a trabajar y cuidar a su madre, que estaba enferma.
                                                                       
“La casa de Martínez era más grande, y la recuerdo con mucho cariño porque era un hogar más que una casa, vivía junto a mis hermanos y mi mamá”, recuerda.  

A los 17 años quedo embarazada por primera vez, y a los 18 se casó. Tuvieron dos hijos, Rubén, el mayor y Olga, la menor. La vida no le jugo una buena pasada y cinco años después su primer marido murió en un accidente de tránsito. Quedó viuda y hasta ese momento trabajaba arreglando ropa en la casa, pero no eran suficientes los ingresos para mantener a sus hijos, así fue que través de un contacto empezó a trabajar en Facuer.

Años más tarde forma su segundo matrimonio con un hombre del barrio, también inmigrante. Ambos eran viudos, él tenía un hijo del que hacerse cargo. El hijo fue el primero en no aceptarla, de esta forma ella le pidió al padre que lo eche de la casa porque era una molestia. “Yo no me arrepiento de eso, yo sé que en la familia me tienen como la mala, pero no me llevaba bien con el chico y alguien de la casa se tenía que ir, no iba a ser yo”

A eso de las 17 la veo cruzar la calle, llega algo alborotada, más tarde me entero de que en realidad venia del médico y tenía miedo de que se le haga tarde. “Lo que pasa es que la que recepcionista de ahí es una lenta, yo no sé cómo contratan a personas tan ineficaces, te desordenan todo”, dice mientras busca al mozo para hacer el pedido. Sé que no voy a tener mucho tiempo porque el marido tiene alzheimer y no puede quedarse solo muchas horas.

-         -  ¿Por qué no contratas a una persona para que lo cuide?, le pregunto al notarla ansiosa mirando el reloj cada cinco minutos.
-        -  ¿A vos te parece? ¿Cómo voy a contratar a alguien que entre a mi casa?, yo ya conozco cómo es esto, vienen buscando trabajo y te terminan robando.

Hasta hace unos años la familia se encargaba de su marido y la enfermedad, pero al tiempo todos se cansaban del maltrato que aseguran sufrir de parte de Hermiña, todos pasaron y nadie se quedó.

“No es buena persona, inventa cosas, es chusma, tiene fabulas”, dice Mercedes, su nuera. 
Pide un café y dos medialunas, se queja de que la última vez que salió a tomar algo con unos amigos del club de jubilados el hombre –que tiene un problema en la vista- le volcó todo en la ropa. “Lo quería matar, pero le dije que no pasaba nada, aunque por adentre me hervía la sangre”.

-          - Yo creo que esa mujer no está bien de la cabeza. Me contrató hace unos años para cuidar al marido cuando recién arrancaba con el problema del alzheimer, nos llevábamos bien, hasta que un día me acuso de robarle unos aros, algo totalmente sin sentido, porque yo iba a trabajar y ella estaba siempre en la casa, ¿en qué momento le iba a robar?. Después de eso me echó y no me quiso pagar nada, yo necesitaba la plata y ella lo sabía, pero no le importó.

Mónica empezó a trabajar en la casa de Hermiña cuando su marido comenzaba  con los primeros síntomas de la enfermedad. La contrato porque tenía experiencia con otras personas que estaban en la misma situación, la echó con la excusa de que le había robado un par de aros, pero en realidad los había perdido la propia Hermiña, aparecieron tres meses después debajo de la cama. Nunca le pidió perdón.



Hermiña vuelve a consultar el reloj, se da cuenta de que ya paso casi un hora y me dice que se tiene que ir antes de que el marido abra una llave de gas o se quede encerrado en algún cuarto, me quiere dejar plata para la cuenta pero le digo que no hay problema, que pago yo. Me saluda, agarra su cartera y se va. 

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